#151. ¿Trasnochas? Le pasa factura a tu corazón, pero no por lo que crees
Te acuestas tarde… pero duermes tus ocho horas.
Tu cuerpo no tiene motivos para quejarse, ¿no?
No del todo.
La hora a la que vives también cuenta.
¿Qué ocurre realmente cuando vivimos de noche? Lo vemos, quédate.

“Debes dormir ocho horas”. Suena a la solución perfecta - nos da una cifra que lograr, y eso nos encanta -, pero hay otro número que también cuenta: la hora a la que empiezas a dormir.
Nuestro organismo no funciona únicamente con un contador. También tiene un reloj y un ritmo. Y si nuestros horarios se alejan demasiado de lo que ese reloj interno espera, el problema puede ir mucho más allá de levantarse cansado.
Un estudio reciente con más de 300.000 adultos británicos de mediana edad y mayores relaciona ser claramente nocturno con peores hábitos y algo más de riesgo de infarto e ictus [1].
No solo importa cuánto duermes, también cuándo
Nuestro cuerpo funciona siguiendo ritmos circadianos, del latín circa diem, «alrededor de un día»: ciclos internos de unas 24 horas que lo preparan para estar activo de día y descansar de noche. Y no regulan solo el sueño, también el metabolismo, la frecuencia cardíaca o la presión arterial [2].
El reloj principal está en el cerebro, en una pequeña estructura del hipotálamo llamada núcleo supraquiasmático. Pero no es el único: casi todos los órganos - corazón y vasos incluidos - tienen su propio reloj, y el principal los mantiene sincronizados. Para ponerse en hora, su principal referencia es la luz que entra por los ojos, sobre todo la natural. Las comidas y el ejercicio también cuentan, aunque menos [2].

Por eso el cuerpo no funciona igual a todas horas.
Por la noche, cuando disminuye la luz, empieza a liberarse melatonina, la hormona que avisa de que se acerca la hora de dormir, y baja la actividad del sistema nervioso simpático, el que nos mantiene alerta [2].
En cambio, si seguimos despiertos hasta tarde, podemos interferir en algunas de estas señales y nuestros ritmos se desorganizan. Lo más conocido: la exposición nocturna a la luz - sobre todo la artificial - retrasa la liberación de melatonina [2].
La desalineación entre nuestro reloj interno y nuestros horarios puede desajustar muchos sistemas del organismo:
Por ejemplo, las hormonas que regulan el apetito o la sensibilidad a la insulina, es decir, la capacidad del cuerpo para utilizar la glucosa de la sangre [2,4].
También la presión arterial. Lo normal es que suba con rapidez al despertar, alcance su máximo por la tarde y baje durante la noche: mientras dormimos, desciende un 10% o más respecto al día [2].
Nota: Cuando esa bajada no se produce, se habla de un patrón non-dipper, que se asocia a más eventos cardiovasculares y a mayor mortalidad, sobre todo en personas con hipertensión.
Desajustar el reloj tiene consecuencias también a este nivel. Por ejemplo, sabemos que el trabajo a turnos eleva la presión arterial y aumenta el riesgo de hipertensión [2].
Ojo, eso no significa que acostarse tarde tenga el mismo efecto: en el estudio que vamos a comentar, la presión arterial de los más nocturnos no era peor [1].
En definitiva, cuando nuestros horarios no encajan con el reloj biológico, pueden alterarse varios mecanismos que ayudan a mantener bajo control la saciedad, la glucosa, la presión arterial y otros factores relacionados con la salud cardiovascular.
Ahora bien, no todos llevamos el reloj a la misma hora. Hay quien se levanta lleno de energía y quien no es persona hasta media mañana. Y eso tiene nombre: Cronotipo.
Vamos a ver qué son y cómo impactan en tu salud.
¿Qué son los cronotipos?
Los cronotipos son las distintas preferencias naturales de horario que tenemos las personas.
El tuyo marca a qué hora te pide el cuerpo dormir y a qué hora rindes más [1,2]. Es un continuo: en un extremo, los claramente matutinos; en el otro, los claramente vespertinos; y en medio, la mayoría.
Los matutinos, las “alondras”, se despiertan y rinden mejor temprano, y se acuestan pronto. Los vespertinos, los conocidos como “búhos”, rinden más por la tarde y por la noche. Los dos extremos pueden sufrir desalineación circadiana, pero se ve más en los búhos, porque su horario choca más a menudo con el del trabajo, la vida social y la luz del día [1,2].
Un ejemplo muy conocido es el llamado “jet lag social”: madrugar entre semana por obligación y recuperar el propio horario el fin de semana, como si se cambiara de huso horario cada pocos días [2].
¿Y es malo para el corazón ser búho?
Más aún: ¿lo es por el propio horario o por lo que suele venir con él?
Eso es justo lo que quiso averiguar el estudio. Te lo cuento, mira.